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Las cadenas del dragón
by Grace Goodwin & Becca Brayden
CAPÍTULO 1
EMILY: NECESITO HABLAR CONTIGO
KATY: ESTOY TRABAJANDO
EMILY: ES UNA EMERGENCIA
KATY: SIEMPRE LO ES
—Collins y Rowe, habla Katy. ¿Cómo puedo ayudarle? —contestó Katy Toure el teléfono con su voz más profesional.
Siempre que tenía que atender una llamada hacía una mueca de dolor. En especial cuando su jefa lanzaba costosas campañas radiofónicas prometiendo consultas gratuitas. Por cada ser humano racional que llamaba, había diez locos que pensaban que tenían el caso perfecto para «demandar y ganar dinero». Katy no necesitaba más locura en su vida; se espantaba con solo tener que hablar con ellos y, para ser sincera, detestaba todo de su trabajo.
—¡Katy, no cuelgues! Soy yo, Emily.
Katy sonrió. Vaya que era dramática su hermana. Puede que en apariencia fuesen idénticas, pero allí era donde terminaban sus semejanzas. Aun así, quería a su gemela con locura.
—Estoy trabajando —susurró Katy al teléfono mientras miraba nerviosamente hacia la puerta cerrada que conectaba su diminuto cubículo con la opulenta oficina que ocupaba su muy controladora jefa—. Sabes que no puedo atender llamadas personales, ni siquiera cuando estoy en mi descanso. ¿Qué pasa? ¿Está bien mamá?
—De hecho, se está sintiendo mejor. La enfermera ha dicho que el nuevo tratamiento para sus pulmones comienza a funcionar.
—Gracias al cielo. —Katy sintió que la tensión en sus hombros se desvanecía. Su mamá y su hermana eran todo lo que le quedaba en el mundo. En el sentido literal de la palabra.
Luego de que su casa se quemara hasta los cimientos un par de semanas atrás, había aprendido a agradecer el hecho de que todas hubiesen sobrevivido. Su obstinada madre había vuelto a entrar para buscar al gato, Thorin Oakenshield —Thor de cariño—y salió con un gato chamuscado, quemaduras menores, un tobillo roto y daño pulmonar por el humo que había inhalado.
Todos pensaban que había llamado a la esponjosa criatura naranja por el personaje de Los Vengadores, pero su madre era una fanática acérrima del Señor de los Anillos. Levantó la comisura de los labios tras dar gracias mentalmente por el hecho de que Emily y ella no se llamasen Eowyn y Arwen.
La madre había llorado más por sus libros quemados y las fotografías familiares extraviadas que por todo lo demás en la casa, lo cual era algo en lo que Katy no quería pensar en aquel momento. Lo habían perdido todo y su madre no tenía ningún tipo de seguro. Toda la situación era una catástrofe, y Katy quedó sola para enfrentarse a la compañía de préstamos y a los recaudadores. Tenía los nervios destrozados. Emily no podía ayudar mucho: era una enfermera que viajaba por el mundo evaluando sistemas de suministro de servicios médicos para su compañía; iba de un proyecto a otro como una abeja que vuela de flor en flor, y solo regresaba a casa cada tres o cuatro semanas por un par de días.
Y hablando de ubicaciones extranjeras…
—¿Dónde estás, Em? Intenté llamarte anoche y no respondiste.
—Perdona, fue por el trabajo.
Por supuesto. Emily siempre estaba ocupada ayudando a alguien. Trabajaba tantas horas por semana como Katy.
—¿Y cuándo hablaste con la enfermera?
—Hace diez minutos. Me ha dicho que el nuevo tratamiento está surtiendo efecto. Esta mañana incluso caminó por el pasillo sin oxígeno.
—Vaya. Si el tratamiento pulmonar está funcionando, querrán trasladarla pronto a ese centro de rehabilitación. No podemos afrontar el coste. Otros dos cobradores llamaron anoche; no puedo creer que mamá dejó que su seguro de vivienda caducase.
—Ese es el motivo por el que te llamo. Tengo un contrato que pagará por todo, pero necesitaré de tu ayuda. ¡Y ya deja de susurrar! ¿A quién le interesa que esa víbora para la que trabajas te escuche? Eres la mejor asistente legal que ha tenido en la vida y se aprovecha de ti por completo. Te mereces el doble de lo que estás ganando, como mínimo. Y si estás en el almuerzo, ¿por qué aún atiendes las llamadas? ¡Ni siquiera eres la recepcionista!
Katy había estado preguntándose lo mismo últimamente.
—La recepcionista renunció hace un mes, y cada sustituto que contratamos se va luego de unos días. Soy la única aquí.
—Debiste haber renunciado hace meses.
—Alguien tiene que pagar las facturas, y más ahora. —Fijó los ojos en la hora que marcaba su teléfono. Diablos, la hora del almuerzo había terminado—. Tengo que irme —siseó por lo bajo mientras esperaba que la puerta de la oficina se abriese como siempre lo hacía a esa hora.
Otro recordatorio de que estaba bajo constante supervisión.
—¡Espera! No cuelgues. Te dije que conseguí un contrato increíble. Solo necesito un favor para cerrar el trato.
—¿Qué tipo de favor? —preguntó Katy con recelo.
Emily tenía la costumbre de comenzar proyectos descomunales que no podía terminar sola, y luego convencía a Katy de «ayudarla». La última vez fue reparar una pared y repintar el cuarto de baño de su vecino anciano, pues una filtración de agua lo había dañado. Ese proyecto de un día condujo a repintar todas las habitaciones y hacer una muy necesaria limpieza profunda. Nada de eso hubiese sido un problema si a Emily no la hubiesen llamado para irse de viaje tres días después de comenzado el proyecto, dejando a Katy para que lo terminara por su cuenta. Suspiró, frotándose las sienes.
—Sea lo que sea, esta vez no te ayudaré. Ni siquiera quiero saber de qué se trata.
La risa musical de Emily colmó el oído de Katy, y esta última rechinó los dientes. Conocía esa risa: la suya sonaba exactamente igual cuando se sentía con ganas de hacer travesuras. Se plantó firme mentalmente.
—Lo digo en serio, Em. No quiero saber.
—Has dicho eso desde el quinto curso —la fastidió Emily.
—Y con buena razón —replicó Katy, estirando sus músculos adoloridos—. Además, estoy exhausta. Ya he pasado dos noches en vela esta semana trabajando e intentando tener todo preparado para un juicio que se aproxima. No tengo la energía para uno de tus proyectos de salvar el mundo. Esta vez pídeselo a alguien más.
Trató de reprimir un bostezo, pero falló. No le dijo a su hermana que también había aceptado un trabajo adicional de medio tiempo como camarera dos noches a la semana, solo para pagar la cuota mensual del hospital de su madre y así evitar que la echaran a la calle. Las facturas médicas se acumulaban más rápido que envolturas de caramelo el día después de Halloween.
—No puedo pedírselo a nadie más, tienes que ser tú. Por favor —rogó Emily, y su voz adoptó un tono que Katy nunca había oído antes—. Estoy desesperada.
Joder. Emily nunca había usado esa palabra. Nunca en la vida. Katy soltó un bufido y cedió ante la curiosidad.
—¿Tengo que ser yo? Es decir… ¿tengo que ser yo porque me veo idéntica a ti?
—Sí.
—Te aseguro que no voy a romper con otro de tus novios. No más intercambio de gemelas. Vas a tener que tomar coraje y hacerlo por tu cuenta. Vuelve de África, India o dondequiera que estés ahora, llama a la puerta de ese pobre hombre y dile «hola, bla, bla, bla, eres un buen tipo, pero esto ya no está funcionando».
—Estoy en Alaska, y no, te prometo que no se trata de eso. He estado en medio de la nada por una semana esperando que lleguen unas piezas de motor para arreglar el único avión que tiene el pueblo. Pero si no aparezco mañana en el trabajo, voy a perderlo. Ya gasté el anticipo de buena fe que me dieron para pagar por el primer mes de la rehabilitación de mamá. Solo necesito que vayas a Italia, firmes el contrato por mí y finjas ser yo por un par de días para que todos estén felices. Aunque tendrás que darte prisa porque mi vuelo sale en tres horas. No olvides usar mi pasaporte, los boletos están a mi nombre.
—¡¿Italia?! ¡¿Tres horas?! —dijo Katy entre un susurro y un grito, y abrió sus grandes ojos café con incredulidad—. ¿Estás bromeando?
—No, claro que no. Katy, este trabajo me pagará más que suficiente para permitirnos toda la rehabilitación de mamá y terminar de pagar la casa.
—¿Es un chiste?
—No. Esta gente es importante y va en serio. Son ricos. Muy, muy ricos.
—Déjame adivinar: tendrías que pagar el anticipo que te dieron si cancelas. —Katy suspiró. El precio de un solo mes en la rehabilitación de su madre cubriría el alquiler de su diminuto piso de emergencia de dos habitaciones durante más de un año.
—Ya te dije que pagué por la rehabilitación de mamá. Tengo que conservar el trabajo.
—¿Qué clase de trabajo te paga tanto?
—No puedo decirte. He firmado un contrato de confidencialidad.
Perfecto. Firmar un contrato de confidencialidad era algo muy de Emily.
—¿De verdad has firmado un contrato o solo no quieres decirme lo que estás haciendo porque sabes que no lo voy a aprobar?
No había nada de nuevo con eso. Emily tenía la cuota de rebeldía para las dos, razón por la cual era Katy quien tenía un trabajo estable y una vida aburrida y predecible. Puede que la jefa de Katy fuese una tirana, pero la compañía legal le ofrecía un pago seguro.
—Es una emergencia. Sabes que no te lo pediría si tuviera otras opciones.
Eso era discutible. Pero Emily no era una mentirosa; si decía que este trabajo cubriría todas las facturas de mamá y pagaría la hipoteca de la casa calcinada, iba en serio.
—¿Tres horas? ¿En serio? Eso apenas es suficiente tiempo para llegar al aeropuerto y pasar por el control de seguridad, ¡y ni hablar de ir a casa para cambiarme y hacer las maletas! ¿Y qué tipo de documentos estás firmando que no puedas firmar electrónicamente? Todo el mundo firma contratos en línea. ¡Eso existe! ¡Incluso puedes comprar una casa así! ¿Estás comprando una casa en Italia?
Emily se rio.
—Tranquilízate. No a todos les gusta firmar contratos en línea. Hay una propiedad involucrada como parte de una negociación más amplia. Estas personas son tradicionales, excéntricas. Son italianos y tienen dinero de antigua data; tan antigua como los castillos. Insistieron en una firma en persona. No pasa nada, incluso hice que un abogado corporativo revisara todos los documentos. Esta gente es de fiar. En cuanto al viaje, estarás bien. Empaqué todas las cosas esenciales cuando estuve en tu casa hace un par de semanas. Sabía que tendría una agenda apretada, pero no tanto. Ve a casa, coge mi equipaje que está en el armario del pasillo, y dirígete al aeropuerto. Puedes comer cuando pases el control de seguridad si tienes mucha hambre. Cuando aterrices habrá alguien esperando para recogerte. Bueno, esperando para recogerme a mí.
El estómago de Katy gruñó.
—¿Italia? No lo sé, Em.
—Mi pasaporte y mi boleto están en el bolsillo delantero de mi equipaje de mano.
Lástima que sus pasaportes hayan estado en una caja fuerte resistente al fuego en el sótano. Si se hubiesen quemado, Emily no podría pedirle que fuese a Italia con tan poco tiempo de anticipación.
—No puedo irme. ¿Qué hay de mi trabajo? ¿Qué pasa con mamá?
—Tu trabajo apesta. Puedes conseguirte uno nuevo y mejor cuando vuelvas. Y te has estado encargando de todo desde el incendio. Déjame ayudarte. El doctor ha dicho que estará en el nuevo centro de rehabilitación por seis semanas como mínimo. La tratarán como a una reina. Por favor, dime que sí irás —me engatusó Emily—. Necesitas unas vacaciones. Puedes pasar el rato en la piscina o quizás ir de compras. Me reuniré contigo al final de la semana, te lo prometo. Promesa de gemelas.
Katy cerró los ojos con fuerza y su corazón se inundó de anhelo al pensar en recorrer las calles de Italia, llevar puesto un vestido veraniego y sandalias, ir de compras y beber vino italiano. La visión disipó su recelo por un momento. ¿Era esa la razón por la que Emily había estado tan misteriosa últimamente?
Debió haber presionado más a su hermana, pero había estado tan ocupada trabajando horas adicionales para tratar de pagar todas las facturas que ignoró la desdicha de su hermana y asumió que, tal como ella, estaba estresada y preocupada por su madre. Y cansada de trabajar tanto.
Katy soltó un gruñido. Siempre habían soñado con ir a Italia juntas. ¿Cómo era que su hermana siempre lograba hacer que todo sonase tan simple y atractivo?
—¿Y nada más? ¿Debo aparecerme allá, sonreír y fingir ser tú por un par de días?
—¡Exacto! —Emily aplaudió al otro lado de la línea. Sus palabras sonaron llenas de alivio—. Como te dije, ya revisé todos los papeles. Todo lo que debes hacer es firmar con mi nombre. ¡Gracias, hermanita!
—¡Aguarda! No he dicho… —Katy se vio interrumpida en su diálogo por el delator clic del corte de llamada.
«Estupendo. Ahora todo lo que tengo que hacer es decirle a mi jefa que necesitaré otra semana libre y esperar que no me despida. O tal vez rezar para que sí lo haga».
CAPÍTULO 2
Compañera. Cadenas. Matar.
Dolor.
Ryker de Draquonir rugió y se retorció violentamente luchando contra el peso de las cadenas encantadas que aprisionaban su gigantesca y mortífera forma de dragón bajo llave y candado. Había elegido esta prisión, encerrándose para proteger a su gente de lo que estaba destinado a convertirse. Las restricciones eran lo único que impedía que su dragón se abriera paso por el área cavernosa debajo de la antigua propiedad de su familia y destruyera todo lo que lo rodeaba.
El encierro no había sido tan insoportable al principio. Las enormes cavernas subterráneas eran el único lugar que había encontrado lo suficientemente grande como para descansar cómodamente mientras estuviera en forma de dragón, pues su lujosa suite en el piso principal estaba diseñada para su lado humano, nunca para el dragón. Al principio, había trasladado muchos de sus tesoros al calabozo. Ahora, un gran escritorio de caoba, el único mueble que quedó ileso por la furia de su dragón, se incendió y se convirtió en cenizas con una ráfaga de su abrasador aliento. Sus escamas brillaban como diamantes negros a la luz del fuego. En su furia, no le importaba nada destruir uno de sus tesoros favoritos. Sus únicos pensamientos eran primitivos. El ser humano que llevaba adentro había quedado enterrado en lo más profundo de la agonía y necesidad del dragón.
Necesidad de ella. Su compañera. Una mujer que no había podido encontrar a pesar de siglos de búsqueda. Sin una pareja, él se perdería para siempre en el tormento del dragón. Se convertiría en un monstruo de verdad; un asesino salvaje sin remordimiento ni piedad.
Se convertiría en el horror que los mitos y leyendas humanos habían atribuido a los de su especie.
En un mundo donde los humanos creían que los dragones y los cambiaformas eran un mero mito, estos se tomaban todas las precauciones para parecer humanos. No eran humanos. Eran Draquonir; dragones cambiaformas, mágicos y poderosos en cualquiera de sus formas, y solo se veían limitados por las reglas que la misma raza Draquonir se había impuesto. Solo a otros seres mágicos se les permitía saber de su existencia, o a las verdaderas compañeras de los Draquonir, pero, incluso en ese caso, era solo cuando sus compañeras respiraban su fuego de dragón inmortal.
Compartir la información antes, o con cualquier otra persona, resultaría en una sentencia de muerte para ambos. Por lo tanto, las cavernas, las cadenas, la existencia de los cambiaformas, todo se mantuvo en secreto. Las reuniones de su pueblo eran clandestinas; a escondidas de aquellos que temerían y atacarían en lugar de entender. Un gran número de antepasados habían sido cazados y masacrados. La discreción era la clave para la supervivencia del Draquonir y Ryker tenía esa responsabilidad por encima de todos los demás.
—Espere unos días más, mi rey. Se han hecho todos los arreglos. —Una voz masculina incorpórea llegó por un altavoz enterrado en algún lugar de la roca; en algún lugar que el dragón no pudiera ver. Ryker había invertido en un sistema de vigilancia de alta tecnología. Esta no era la época medieval, incluso si las mazmorras databan de hacía mucho más tiempo. La propiedad de su familia era antigua, pero el interior era moderno y había sido renovado para incluir todas las comodidades.
Ryker volvió su enorme cabeza hacia la voz que sonaba familiar. Luchando por entender las palabras humanas a través de la bruma del dolor inquebrantable, se movió sobre sus patas con garras, estiró su largo cuello y maldijo las cadenas envueltas alrededor de su cuerpo, en capas sobre su espalda y alas. El metal estaba mezclado con magia élfica. Ni siquiera un dragón podría romperlo, razón por la cual había comenzado a usarlo, tanto como dragón como hombre, hacía varios años. O quizás había pasado una década. Honestamente, no podía recordarlo.
La única forma de quitarse las cadenas era volviendo a su forma humana. Como humano, podía tomar la decisión de quitarlas. Pero esa no era una opción para Ryker. Sin las cadenas perdería el control; adoptase la forma de humano o dragón, no habría ninguna diferencia. Ya no. Habían pasado años desde que tuvo el control total de su dragón, y la bestia era inteligente y muy astuta.
Impaciente por cazar una pareja para sí.
Ahora era demasiado tarde.
Su dragón siseó al pensar en eso y escupió fuego ante la voz que se atrevió a molestarlo.
—¿Ryker? ¿Hermano mío? —Esa voz de nuevo.
Ryker bramó; su rugido sacudió los cimientos mientras luchaba en vano por recuperar el control, por cambiar de forma, pero su dragón se resistía cada vez más al cambio. Era casi inmortal, pero sin una pareja, su parte dragón caería al abismo de la locura. No habría salvación de último momento. Su tiempo había llegado a su fin. Sufría.
Estaba listo para ello. Era mejor tener una muerte honorable que convertirse en un asesino despiadado.
Arañó el suelo con sus garras gigantes, y el sonido resonó inquietantemente en la sala vacía.
—Hemos llegado a acuerdos. Hermano, escúchame. Ella viene en camino.
¿Hermano? ¿Acuerdos? ¿Quién viene?. Luchó por comprender las palabras humanas. Intentó recordar.
—Ryker —dijo la voz con gravedad—. Voy a entrar. No me comas.
Ryker bajó su enorme cabeza hacia la pequeña puerta de tamaño humano y entrecerró sus ojos de dragón con sospecha cuando el grueso panel de metal élfico se abrió sin hacer ruido. La voz parecía familiar, pero ¿era el dueño de ese barítono profundo un hombre o un dragón?
Fragmentos de recuerdos de un gran dragón carmesí pasaron por la mente de Ryker.
Un dragón.
Ryker echó hacia atrás uno de sus enormes antebrazos, listo para atacar. ¿Uno de los de su especie se atrevía a desafiar al rey?
Gruñendo de furia, Ryker dejó escapar una feroz y atronadora advertencia; su mente estaba llena de caos y confusión.
La puerta se cerró de golpe justo a tiempo para evitar que el estallido de iracundas llamas de Ryker alcanzase su objetivo, pero se abrió nuevamente con la misma rapidez. Antes de que Ryker pudiera inhalar de nuevo, listo para convertir al otro dragón en cenizas, un hombre cruzó la puerta.